Wall Street cierra su mejor trimestre desde 2020 — ahora viene lo difícil: récords, una Fed dura y un informe de empleo que puede cambiarlo todo

Wall Street cierra su mejor trimestre desde 2020 — ahora viene lo difícil: récords, una Fed dura y un informe de empleo que puede cambiarlo todo

El mejor trimestre desde la pandemia, y sin margen para celebrarlo

Wall Street acaba de cerrar el mejor trimestre desde el rebote de la pandemia en 2020, y lo ha hecho con la sensación incómoda de que lo más difícil empieza ahora. Los tres grandes índices estadounidenses terminaron el segundo trimestre de 2026 en máximos o muy cerca de ellos, tras un abril, mayo y junio que parecieron condensar dos años de mercado en tres meses. Hubo de todo: un susto por el gasto en inteligencia artificial que hundió al Nasdaq casi un 4,6 % en una sola semana a finales de junio, una guerra en Oriente Medio que disparó el petróleo, un shock de costes en la memoria y los chips, y aun así los índices lograron rehacerse en la recta final para firmar cifras que hace apenas unas semanas parecían fuera de alcance.

El titular es tentador de leer en clave triunfal, pero conviene resistirse. Debajo del récord late una contradicción que va a marcar el verano: los mercados suben mientras los tipos de interés apuntan al alza, la inflación subyacente vuelve a acelerar y la Reserva Federal ha girado de un tono conciliador a otro claramente duro. El jueves 2 de julio, adelantado por el festivo del 4, llega el informe de empleo de junio, y ese dato tiene poder para reescribir el guion en cuestión de minutos. La paradoja de fondo es tan vieja como cínica: en este entorno, las buenas noticias sobre la economía pueden ser malas noticias para las acciones.

Cómo se llegó hasta aquí

Para entender por qué este trimestre es notable hay que recordar de dónde venía el mercado. Los primeros meses del año habían sido un tira y afloja entre la euforia por la inteligencia artificial y el temor a que ese entusiasmo se hubiera adelantado a los resultados. En abril el sentimiento empezó a inclinarse hacia el optimismo, con las grandes tecnológicas liderando de nuevo y con la esperanza, muy extendida, de que la Fed acabara recortando tipos en la segunda mitad del año. Esa hipótesis de los recortes fue el combustible silencioso de buena parte de la subida.

Pero el camino no fue una línea recta. A mediados de junio estalló un conflicto en torno a Irán que hizo repuntar el crudo y sembró de rojo los futuros durante varias sesiones. Casi en paralelo llegó un episodio de nervios sobre el gasto de capital de los hiperescaladores: el mercado empezó a preguntarse en voz alta si las cantidades astronómicas que las grandes tecnológicas están comprometiendo en centros de datos e infraestructura de inteligencia artificial eran sostenibles cuando sus flujos de caja libres se estrechaban. A eso se sumó un encarecimiento brusco de la memoria y los chips que amenazaba los márgenes de medio sector. La combinación provocó esa semana aciaga para el Nasdaq cerca del 27 de junio, con una caída próxima al 4,6 %, la peor racha del trimestre.

Y sin embargo, en los últimos días de junio el mercado hizo lo que tantas veces ha hecho en este ciclo: recomponerse. La tensión geopolítica se moderó, aparecieron resultados y guías que devolvieron algo de confianza al relato de la inteligencia artificial, y los índices remontaron hasta cerrar el trimestre en la cima. De ahí la frase que ha circulado estos días entre operadores: el mejor trimestre desde 2020 pese a la guerra de Irán. Un resumen que captura tanto la magnitud de la subida como la fragilidad del terreno sobre el que se apoya.

Las cifras, una a una

Las magnitudes merecen detenerse. El S&P 500 avanzó un 14,8 % en el trimestre y cerró el 30 de junio en 7.449,36 puntos, con lo que acumula un 9,55 % en lo que va de año. Es un movimiento poderoso para un índice tan amplio, y refleja que la subida no fue solo cosa de un puñado de gigantes tecnológicos, aunque estos hicieran gran parte del trabajo pesado.

El Nasdaq Composite fue el protagonista indiscutible: subió un 21,4 % en el trimestre, su mejor comportamiento trimestral desde aquel segundo trimestre de 2020, y terminó en 26.213,72 puntos, con una ganancia del 12,79 % en el año. Un más 21 % en tres meses es la clase de cifra que suele verse tras un desplome, no en un índice que ya venía de máximos, lo que da idea de la intensidad del apetito por el riesgo tecnológico.

El Dow Jones, más ligado a la vieja economía, ganó un 12,9 % en el trimestre, su mejor registro desde el cuarto trimestre de 2022, y firmó su mejor primer semestre en cinco años. El 30 de junio cerró en 52.319,20 puntos tras sumar 136 puntos en la jornada, su segundo cierre récord consecutivo. Que el Dow, y no solo el Nasdaq, marque máximos indica que la subida tuvo cierta amplitud, con industria, salud y algunos valores defensivos aportando en los tramos en que las tecnológicas flojearon.

El arranque de julio confirmó el tono. El 1 de julio el Nasdaq sumó un 1,52 %, el S&P un 0,52 % y el Dow un 0,27 %. El liderazgo fue de nuevo tecnológico y muy concentrado en los semiconductores: Nvidia subió un 2,6 %, AMD un 7,7 %, Intel un 6 %, SanDisk un 10,9 % y Marvell un 7,3 %. La rotación hacia los chips, tras el susto de junio, sugiere que el mercado sigue viendo en la inteligencia artificial el motor estructural de esta fase, por mucho que dude de forma intermitente sobre su ritmo de gasto.

El otro lado del balance: tipos e inflación

Aquí es donde el relato se complica. Mientras las acciones subían, el mercado de bonos enviaba una señal muy distinta. El rendimiento del bono estadounidense a diez años ascendió al 4,46 %, y las ofertas de empleo que recoge la encuesta JOLTS marcaron un máximo de dos años. Son datos de una economía que sigue caliente, y una economía caliente es, en 2026, un problema para quien esperaba dinero más barato.

El detonante de fondo es la inflación. La medida subyacente del deflactor del gasto en consumo personal, el PCE que la Fed vigila con más atención, subió al 3,4 % interanual en mayo, su nivel más alto desde octubre de 2023. No es un repunte cosmético: la propia Reserva Federal elevó su proyección de inflación subyacente para 2026 del 2,7 % al 3,3 %, un reconocimiento explícito de que el proceso desinflacionario se ha atascado. Con ese telón de fondo, el mercado ha hecho un giro copernicano en sus expectativas. Donde antes descontaba posibles recortes de tipos, ahora se plantea posibles subidas. Bank of America y otras casas han llegado a hablar de hasta tres alzas antes de que acabe el año.

El cambio de tono tiene también un rostro. La Fed estrena presidente, Kevin Warsh, de perfil marcadamente duro, y su primera reunión al frente del organismo dejó a los inversores mucho más sensibles a cada dato macroeconómico. La lógica es sencilla y algo perversa: si la economía muestra fortaleza, aumenta la probabilidad de que la Fed tenga que endurecer más, lo que presiona a la baja las valoraciones que dependen de tipos bajos. De ahí que un mercado laboral robusto se lea hoy con recelo. Es el clásico régimen de buenas noticias son malas noticias, y explica por qué el récord bursátil convive con tanta inquietud.

El jueves que puede cambiarlo todo

Todo ese equilibrio inestable converge en una sola cita: el informe de empleo de junio, con las nóminas no agrícolas, que se publica el jueves 2 de julio, adelantado por el festivo del 4. El consenso apunta a una creación de empleo de entre 87.000 y 115.000 puestos, muy por debajo de los alrededor de 172.000 de mayo, con una tasa de paro que se situaría cerca del 4,3 %.

La forma en que el mercado interprete ese dato importa tanto como el número en sí. Una cifra fuerte, con creación de empleo por encima de lo previsto, reforzaría la tesis de una economía que no se enfría y daría alas a las apuestas por tres subidas de tipos: en ese escenario, paradójicamente, las acciones podrían sufrir. Un dato débil, en cambio, reavivaría la esperanza de recortes y podría ser recibido con alivio en la renta variable, siempre que no sea tan flojo como para hacer temer una recesión. Estamos, por tanto, ante un informe con un rango de reacciones amplísimo y en dos direcciones opuestas, lo que multiplica la volatilidad potencial de la sesión. Para un mercado que acaba de tocar máximos con valoraciones exigentes, la asimetría no es tranquilizadora: hay más que perder que ganar si el dato empuja la narrativa de tipos al alza.

Europa marca su propio ritmo

Al otro lado del Atlántico la fotografía es distinta, y esa divergencia es una de las claves del semestre para el inversor europeo. El STOXX 600 subió alrededor del 9 % en el trimestre, su mejor comportamiento desde octubre de 2020, y el Euro STOXX 50 marcó un récord cercano a los 6.326 puntos. Pero lo relevante no es solo la subida, sino el porqué: la inflación de junio salió más suave de lo esperado en Alemania, Francia e Italia, lo que deja al Banco Central Europeo en una senda de recortes o de estabilidad, justo lo contrario del rumbo que se le presume ahora a la Fed.

Esa divergencia transatlántica, con un banco central europeo que puede permitirse ser paciente o incluso relajar mientras el estadounidense sopesa endurecer, tiene consecuencias prácticas. Ayuda a explicar la fortaleza reciente de la renta variable europea y la debilidad de algunas divisas frente al euro. Como nota al margen que ilustra hasta qué punto los caminos monetarios se han separado, el yen japonés cayó a un nuevo mínimo de cuarenta años, un recordatorio de que las diferencias de política entre bloques se acaban pagando en el mercado de divisas.

Para el ahorrador español, la referencia relevante no es tanto la Fed como el propio BCE. Si la inflación de junio se modera también en la eurozona en línea con lo visto en las grandes economías, el escenario base de un banco central europeo estable o inclinado a recortar sostiene un entorno más benigno para la bolsa del continente que el que afronta Wall Street.

Mirada desde España

El semestre ha sido especialmente propicio para la bolsa española. El IBEX 35 ha protagonizado un tramo fuerte y cotiza cerca de máximos, arrastrado por dos motores muy visibles. El primero es la banca: Santander y BBVA se han beneficiado de un entorno de tipos que, aun con la perspectiva de recortes del BCE, sigue siendo mucho más favorable para el margen de intereses que el de la década pasada, y de una demanda de crédito que no se ha derrumbado. El segundo es la combinación de valores globales y defensivos que da al índice cierta resistencia: Inditex, que sigue demostrando capacidad para trasladar precios y crecer en un consumo desigual, e Iberdrola, cuya condición de utility regulada y su exposición a las renovables la convierten en un refugio relativo cuando el mercado busca visibilidad.

La diferencia de contexto respecto a Estados Unidos es importante para quien invierte desde España. Mientras el inversor estadounidense teme que un buen dato de empleo dispare los tipos, el europeo se mueve en un marco donde el riesgo dominante es más bien el inverso: una inflación que cede y un banco central que puede acompañar. Eso no inmuniza a la bolsa española frente a los vaivenes de Wall Street, porque la correlación entre plazas sigue siendo alta y un tropiezo del Nasdaq se contagia, pero sí matiza la lectura. La banca española, por ejemplo, agradece unos tipos que no bajen demasiado rápido, mientras que Iberdrola o las eléctricas suelen respirar mejor cuando los tipos aflojan. Son sensibilidades opuestas dentro del mismo índice, y conviene tenerlas presentes al leer los titulares importados de Nueva York.

Conviene añadir, sin que domine la reflexión, un apunte fiscal. En España las plusvalías y los rendimientos del ahorro tributan en una escala que va aproximadamente del 19 % al 28 % según el importe de las ganancias, un factor que el inversor de largo plazo hace bien en incorporar a sus cálculos, sobre todo en un año en que las revalorizaciones han sido notables y materializar beneficios tiene un coste fiscal que puede pesar más de lo que parece a primera vista.

Riesgos, contraargumentos y lo que no cuadra

Ningún récord está exento de letra pequeña, y este menos que muchos. El primer riesgo es el más obvio: la concentración. Buena parte de la subida del Nasdaq y del S&P descansa sobre un grupo reducido de valores tecnológicos y de semiconductores. Cuando un índice depende tanto de unos pocos nombres, cualquier decepción concentrada, ya sea en resultados, en guías de gasto en inteligencia artificial o en la evolución de los márgenes por el encarecimiento de la memoria, puede arrastrar al conjunto con una violencia que la semana negra de finales de junio ya dejó entrever.

El segundo riesgo es el de valoración en un contexto de tipos al alza. Las acciones que más han subido son, por definición, las más sensibles a los tipos de descuento. Si el rendimiento del bono a diez años sigue escalando desde ese 4,46 % y el mercado se convence de que la Fed va en serio con las subidas, la compresión de múltiplos puede ser rápida y desagradable, precisamente en los valores que hoy lideran. Comprar máximos con un banco central endureciendo exige una fe considerable en que los beneficios crecerán lo bastante como para justificar los precios.

El tercer riesgo es narrativo. Durante meses, el mercado ha subido en parte apoyado en la promesa de recortes. Esa promesa se ha desvanecido y ha sido sustituida por la amenaza de subidas, y sin embargo las cotizaciones apenas lo han acusado en el cómputo trimestral. O bien el mercado confía en que la inteligencia artificial elevará la productividad y los beneficios lo suficiente como para absorber unos tipos más altos, o bien no ha terminado de descontar el giro de la Fed. Si es lo segundo, el ajuste está pendiente.

Frente a estos riesgos hay contraargumentos legítimos. La amplitud del Dow, con su mejor primer semestre en cinco años, sugiere que la subida no es solo una burbuja tecnológica. Las ofertas de empleo en máximos y una economía que se resiste a enfriarse pueden sostener beneficios sólidos incluso con tipos altos. La cuestión no es si el trimestre ha sido bueno, que lo ha sido, sino cuánto de ese buen resultado ya está pagado.

Perspectiva

El segundo trimestre de 2026 pasará a los registros como el mejor desde la pandemia, y lo hará con una lista de obstáculos que superó por el camino: un susto por el capex de la inteligencia artificial, una guerra en Oriente Medio, un shock en los chips y una Fed que cambió de talante a mitad de partida. Que los índices salieran de todo ello en máximos dice mucho de la resiliencia del mercado, pero también de su tolerancia al riesgo en un momento en que las señales de la renta fija y de la inflación invitan a la cautela.

El calendario no da tregua. El jueves llega el informe de empleo, y con él la primera prueba seria de si el récord de junio se sostiene sobre cimientos firmes o sobre la esperanza de que la Fed no cumpla lo que insinúa. Para el inversor europeo, y en particular para el español, el consuelo es que su banco central de referencia camina en dirección contraria, con una inflación que cede y margen para la paciencia. Esa divergencia transatlántica será probablemente el hilo conductor de la segunda mitad del año: una Reserva Federal tentada de endurecer frente a un BCE cómodo, un Wall Street en máximos que teme a sus propios datos y una bolsa europea que disfruta de un viento monetario más favorable. El trimestre ha terminado en lo alto. Lo que viene, empezando por el jueves, dirá si era la cima o solo un mirador antes de un tramo más exigente.

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Daniel Herzog
AUTOR

Daniel Herzog

Fundador de Butterfly Market Insider

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