Hay compañías que el mercado entierra en vida, y luego está Intel. Durante buena parte de julio, el fabricante de chips que definió la era del ordenador personal fue tratado como una reliquia: la acción se dejó alrededor de un 28 % en el mes, arrastrada por el mismo derrumbe que el 17 de julio empujó a los semiconductores a un mercado bajista. Y entonces, el jueves 23 de julio, tras el cierre de Wall Street, la compañía a la que casi nadie prestaba ya atención publicó las cifras trimestrales más sorprendentes de la temporada: el crecimiento de ingresos más rápido en casi quince años. La ironía es demasiado perfecta: el gasto en inteligencia artificial que esta misma semana ha castigado a Alphabet y a Tesla es exactamente el mismo que ha resucitado a Intel.
Conviene fijar el reloj antes de seguir. Escribimos la mañana del viernes 24 de julio, con las bolsas estadounidenses todavía cerradas: el parqué neoyorquino no abrirá hasta las 15:30 hora peninsular. Tenemos, por tanto, tres fotogramas: la sesión regular del jueves, un baño de sangre para las grandes tecnológicas; la reacción posterior al cierre a los resultados de Intel; y la situación previa a la apertura de este viernes, cuando la acción vuelve a la negociación regular por primera vez desde la publicación y nadie sabe aún dónde cerrará.
La IA parte el mercado en pagadores y receptores
La tesis que conviene interiorizar esta semana es sencilla y de enormes consecuencias para cualquier cartera expuesta a tecnología. La ola de inversión en inteligencia artificial ha dividido el mercado en dos bandos nítidos: los que pagan y los que cobran.
Los que pagan son las plataformas que construyen los centros de datos. El miércoles 22 de julio, Alphabet y Tesla presentaron cuentas y fueron sancionadas porque sus colosales inversiones en infraestructura de IA empujaron su flujo de caja libre a terreno negativo. En la sesión regular del jueves, Alphabet cedió alrededor de un 7 % y Tesla se hundió cerca de un 14 %. Tras premiar durante dos años la promesa de la IA, el mercado empieza a pasar la factura del capital que exige.
Los que cobran son los proveedores de silicio y de capacidad de cómputo. El capital que en las cuentas de los pagadores aparece como caja que se evapora reaparece, al otro lado del tablero, como facturación en los receptores. Intel es el receptor por excelencia: sus números son la prueba, en dirección contraria, de que ese dinero se está gastando de verdad.
Las cifras de Intel, una por una
Los ingresos del segundo trimestre ascendieron a 16.100 millones de dólares (16.128 exactos), un 25 % más que un año antes: el ritmo más veloz desde 2011, es decir, en casi quince años, y muy por encima del consenso, situado alrededor de los 14.400 millones. El beneficio ajustado por acción alcanzó los 0,42 dólares, frente a una previsión de entre 0,21 y 0,22: prácticamente el doble, una sorpresa positiva cercana al 92 %. En términos ajustados, la compañía ganó 2.200 millones, cuando un año antes había perdido en torno a 400.
El detalle por segmentos explica de dónde procede el impulso. El negocio de centros de datos e IA facturó 6.300 millones, un 59 % más interanual, un récord; el conjunto de las líneas ligadas a la IA creció por encima del 70 %. La división de computación cliente y IA física —los chips para ordenadores— aportó 8.900 millones, un 13 % más, y la fundición, Intel Foundry, sumó 5.800 millones, un 31 % más.
La rentabilidad acompañó a los ingresos. El margen bruto ajustado se disparó hasta el 41,8 %, unos doce puntos porcentuales más que el año anterior; el margen operativo ajustado se situó en el 17,2 %, cuando un año antes era negativo (−3,9 %). Y el flujo de caja operativo del trimestre alcanzó los 7.000 millones. Todos los indicadores apuntan en la misma dirección: el saneamiento operativo es real, no un espejismo contable.
Los 11.000 millones de pérdida y la lectura honesta
Y aquí llega el titular que, si se lee mal, cuenta la historia opuesta a la verdadera. En términos GAAP, Intel registró una pérdida neta de 11.000 millones de dólares, o −2,16 dólares por acción. Un número que, aislado, parece una catástrofe. No lo es.
Esa pérdida está causada casi por completo por un cargo no monetario de valoración a mercado de 12.500 millones sobre las acciones depositadas en fideicomiso en relación con la participación del 10 % que el Estado estadounidense tomó en Intel en 2025, en el marco de las ayudas a la industria de semiconductores. Es un ajuste de valoración, no dinero quemado. La prueba está una línea más abajo: el resultado operativo GAAP fue positivo, en torno a 1.800 millones, frente a una pérdida operativa de 3.176 millones un año antes. La compañía ganó dinero con su actividad; lo enterró un asiento contable ajeno al negocio.
La lección se ve con una nitidez inusual porque esta misma semana ha ocurrido su reflejo exacto, en sentido inverso. El titular de beneficio de Alphabet apareció inflado por una plusvalía no realizada de 99.000 millones; el de Intel, sepultado por una minusvalía no realizada de 12.500 millones. En ambos casos la cifra de portada estaba dominada por un movimiento de valoración ajeno al negocio, y en ambos la cifra operativa era la honesta: la de Alphabet quedó ligeramente por debajo de lo esperado; la de Intel fue un beneficio genuino. La conclusión para el inversor es una regla que conviene grabar: lee el flujo de caja y el resultado operativo, no el titular.
El regreso inacabado
Sería un error, sin embargo, cantar victoria. El comeback de Intel es real, pero está a medias, y la propia cuenta de resultados lo demuestra. La fundición, la apuesta más cara y ambiciosa de la estrategia, siguió perdiendo 2.100 millones en el trimestre. La sangría se redujo desde los 2.400 millones del trimestre anterior, pero sigue siendo una pérdida abultada: la parte más costosa del plan todavía no es rentable.
Hay señales industriales alentadoras. El nodo de proceso 18A, la tecnología en la que Intel se juega su futuro como fabricante avanzado, produjo alrededor de un 25 % por encima del objetivo y más de un 50 % por encima del trimestre anterior. Y la dirección elevó su ambición de inversión: el gasto de capital para 2026 se revisó al alza por encima de los 20.000 millones, con la intención de gastar aún más en 2027. Un recordatorio de que Intel es a la vez receptor y pagador.
La guía para el tercer trimestre confirma el optimismo. Intel apunta a unos ingresos en torno a los 16.300 millones (horquilla de 15.800 a 16.800), muy por encima de los 15.100 que el mercado descontaba, con un beneficio ajustado por acción de 0,38 dólares frente a los 0,27 previstos. El consejero delegado, Lip-Bu Tan, lo resumió así: «AI is driving unprecedented demand for compute, and as we continue to execute, Intel is well-positioned to capture sustainable growth across our CPU franchise, ASICs, advanced packaging and vast wafer foundry network.»
El comeback choca con el petróleo
El detalle más revelador es este: ni siquiera unas cifras tan buenas lograron levantar el ánimo del mercado. Intel se disparó más de un 12 % en la negociación posterior al cierre del jueves —en torno a un 12,4 %, hasta los 112 o 113 dólares—, pero lo hizo en medio de un mercado en pleno risk-off.
Porque la sesión regular del jueves había sido brutal. El S&P 500 cedió un 1,2 %, su mayor caída diaria en un mes, y el Nasdaq 100 se dejó un 1,9 %; un índice de las mayores tecnológicas firmó su peor sesión desde el desplome arancelario de abril de 2025. El detonante fue el petróleo: el Brent superó los 100 dólares por primera vez desde finales de mayo, hasta los 100,66, tras subir cerca del 40 % solo en julio. La causa inmediata fueron los ataques de los hutíes a dos petroleros saudíes, el Encelia y el Layla, en el mar Rojo; en el Encelia se declaró un incendio, aunque la tripulación resultó ilesa, cinco buques dieron media vuelta y el grupo yemení proclamó un bloqueo naval contra los puertos saudíes, con el estrecho de Ormuz ya casi paralizado. Goldman Sachs advierte de que el Brent podría rebasar los 120 dólares en el cuarto trimestre y promediar 100 en 2027 si Ormuz sigue perturbado.
El mensaje es incómodo pero valioso: un choque geopolítico en el precio de la energía encarece la base de costes de todas las industrias, incluida la del silicio. Un buen trimestre de Intel no basta para contrarrestar la gravitación de un petróleo que amenaza con reavivar la inflación. La reivindicación es genuina, pero llega a un mercado que mira hacia otro lado.
Qué mira desde España el inversor
Para quien invierte desde España, la lectura práctica exige dos capas. La primera: los valores estadounidenses como Intel no se compran igual que una acción del IBEX 35. El acceso llega a través de un bróker con presencia en Estados Unidos o, más habitualmente para el pequeño ahorrador, mediante fondos y ETF —con formato UCITS— que replican índices tecnológicos o de semiconductores. Comprar la historia de Intel suele significar comprar el sector, no la acción suelta.
La segunda capa es la de las compañías europeas que participan de esta misma corriente. En la cadena europea de semiconductores, el nombre que domina es ASML: la holandesa fabrica las máquinas de litografía sin las cuales ningún nodo avanzado —el 18A de Intel incluido— existe, un receptor de segundo orden de todo este gasto. En la Bolsa de Madrid, la exposición es más indirecta pero real: Indra, con su creciente peso en tecnología y defensa, y Amadeus, cuyo negocio descansa sobre una infraestructura intensiva en cómputo y datos, son los dos valores del IBEX que mejor encarnan la digitalización que la IA acelera. Ninguno fabrica chips, pero ambos se benefician de la potencia creciente del cómputo.
Y una línea secundaria, la del petróleo: si el Brent se instala por encima de los 100 dólares, Repsol es el nombre obvio del parqué español que capta el otro lado de la ecuación energética. Lo que castiga a las tecnológicas por la vía de los costes puede favorecer a las petroleras por la del margen: una cobertura natural, dentro del propio IBEX.
Riesgos y contraargumentos
La honestidad analítica obliga a presentar el otro lado con la misma fuerza. A favor de Intel juega un cuadro difícil de discutir: un 59 % de crecimiento en centros de datos es una señal de demanda inequívoca, el nodo 18A avanza por encima de lo previsto y la guía se ha elevado con claridad. El giro operativo es tangible.
En contra pesa la otra mitad del balance. La fundición sigue perdiendo 2.100 millones por trimestre, la cuenta GAAP arroja 11.000 millones de números rojos y, sobre todo, la acción ya ha subido alrededor de un 170 % en 2026 —tras un 84 % en 2025—, de modo que mucho comeback está ya descontado. El propio desplome del 28 % en julio recuerda hasta qué punto la cotización se mueve por sentimiento. Sobre el asunto contable, una advertencia simétrica: ni la plusvalía de 99.000 millones de Alphabet ni la minusvalía de 12.500 millones de Intel son movimientos de caja; no es dinero quemado, sino un apunte de valoración sobre la participación estatal. Y por encima de todo planea el riesgo macro: un petróleo caro y persistente puede reavivar la inflación, forzar a los bancos centrales y golpear precisamente a los valores de crecimiento.
Lo que viene y cómo situarse
La semana que arranca es densa en catalizadores. Microsoft y Meta publican el 29 de julio; Apple y Amazon, el 30; y Nvidia, la referencia absoluta del sector, cerrará el ciclo a finales de agosto. Cada cita volverá a plantear la pregunta que Intel acaba de responder desde el lado del receptor: ¿el gasto en IA construye valor o solo consume caja? En el frente comercial, el arancel del 10 % amparado en la Sección 122 expira hoy mismo, a los 150 días de su entrada en vigor, aunque los gravámenes de las secciones 232 y 301 siguen intactos. Y en el monetario, el Banco Central Europeo mantuvo el jueves su tipo de depósito sin cambios en el 2,25 %, tras la subida de 25 puntos básicos de junio, con una inflación de la zona euro en el 2,8 % y un crecimiento proyectado de apenas el 0,8 %.
La conclusión que deja esta semana no es un veredicto sobre Intel, sino una forma de mirar. La inteligencia artificial ya no es una promesa uniforme que eleva a todos por igual: es un flujo de capital que sale de unos balances y entra en otros, y el mercado ha empezado a distinguir con crudeza a quién beneficia y a quién desangra. Intel ha demostrado que estar del lado que cobra puede transformar en pocos meses la percepción de una compañía dada por muerta; pero también que ni el mejor de los trimestres flota por encima de un shock del petróleo, y que el titular contable puede mentir en ambas direcciones. Para el inversor español la enseñanza es práctica: seleccionar por flujo de caja y resultado operativo, no por la cifra de portada, y recordar que, cuando la energía se encarece y la geopolítica manda, incluso la mejor historia de crecimiento negocia contra el viento. La resurrección de Intel es real; la calma del mercado que la recibe, todavía no.
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