Los máximos históricos abren la temporada, y la primera carta ya avisa
La temporada de resultados del segundo trimestre de 2026 arranca en el peor lugar posible para los nervios: en plenos máximos históricos. El jueves Wall Street cerró prácticamente pegado a sus techos, con el Dow Jones en 52.487,41 puntos (+0,27 %), el S&P 500 en 7.543,64 (+0,81 %) y el Nasdaq en 26.206,89 (+1,30 %), impulsado por un renovado entusiasmo hacia la inteligencia artificial. El detonante fue una mezcla de titulares: el debut de SK Hynix en el Nasdaq salió siete veces sobresuscrito, el ETF de semiconductores SMH subió un 2,5 % y Micron avanzó un 4,5 %. Con ese telón de fondo eufórico, la banca de aviación levantó el telón de la temporada. Por tradición, Delta Air Lines es la primera gran compañía que publica cuentas, y lo hizo el viernes 10 de julio antes de la apertura. El resultado batió las expectativas. Y la acción cayó igualmente. Esa contradicción, un «beat» que el mercado castiga, resume mejor que ningún análisis dónde estamos: la vara está tan alta que ser bueno ya no basta. En BMInsider creemos que la reacción a Delta es la plantilla del trimestre completo, y conviene descifrarla con calma.
Lo que Delta puso sobre la mesa
Las cifras, en frío, son sólidas. Delta reportó un beneficio ajustado por acción de 1,56 dólares, por encima del consenso de 1,48 dólares. Los ingresos operativos crecieron un 19 % hasta 19.760 millones de dólares, sostenidos por una demanda de viajes de verano que sigue siendo robusta a ambos lados del Atlántico. El ingreso por asiento-milla disponible (RASM) subió un 17 %, señal de que la aerolínea todavía tiene capacidad de fijar precios. Hasta aquí, la fotografía de una compañía que aprovecha un boom de consumo. El problema aparece en la letra pequeña. El beneficio contable bajo normas GAAP fue de 2,44 dólares por acción, con un resultado neto en torno a los 1.600 millones de dólares, pero eso supone una caída del 25 % frente al mismo trimestre del año anterior, cuando el beneficio ajustado rondaba los 2,10 dólares. Es decir: más ingresos que nunca y, aun así, menos beneficio. La clave está en los costes. El coste por asiento-milla (CASM) creció un 21 %, cuatro puntos por encima de lo que subieron los ingresos por asiento. Cuando los costes escalan más rápido que la facturación, el margen se estrecha, y eso es exactamente lo que ocurrió.
Hubo, eso sí, un punto de luz que revela mucho del modelo de negocio. La refinería de Trainer, en Pensilvania, propiedad de la propia Delta, disparó sus ingresos un 83 % hasta los 2.090 millones de dólares. Esa refinería funciona como una cobertura natural frente al combustible: cuando el crudo sube, encarece el queroseno que quema la flota, pero también engorda los márgenes del refino. Es una pieza que ninguna aerolínea europea replica de forma tan directa, y explica por qué Delta encaja el golpe del petróleo algo mejor que sus rivales. La dirección, además, reafirmó su guía: mantiene la previsión de beneficio para todo 2026 entre 6,50 y 7,50 dólares por acción y sitúa el tercer trimestre entre 2,00 y 2,50 dólares, frente a los 2,02 dólares que esperaban los analistas. Sobre el papel, un resultado que bate, una guía que se sostiene y una demanda intacta deberían haber empujado la acción al alza.
«Batir y caer»: cuando el petróleo se come el margen
No fue así. La acción de Delta cayó un 2,8 % hasta rondar los 86,60 dólares pese al beat. El mercado no miró el titular, miró la estructura de costes, y sobre todo miró el petróleo. Aquí está el nudo de todo el trimestre. El 8 de julio Donald Trump declaró terminada la tregua con Irán, y la respuesta del crudo fue inmediata: el Brent saltó alrededor de un 6 %. Para una aerolínea, el combustible es la segunda mayor partida de gasto después del personal, así que un salto del crudo se traduce casi en tiempo real en menos margen. La dirección de Delta fue explícita al respecto: pretende trasladar parte del mayor coste del combustible a los clientes vía precios y mantener disciplina de capacidad. Traducido: subir billetes y no crecer en asientos por crecer. Es una estrategia razonable, pero el mercado la interpretó como lo que es, una confesión de que los vientos de cara han vuelto.
El patrón que dibuja Delta, batir las estimaciones y caer igualmente, es lo que en la jerga se llama «beat-and-fade», y es peligroso precisamente porque es contraintuitivo. Cuando las expectativas ya descuentan la buena noticia, lo único que mueve el precio es la sorpresa, y la sorpresa aquí fue negativa: los costes, y en concreto el combustible, sorprendieron al alza. Para el ahorrador español que sigue valores como IAG, matriz de Iberia y British Airways, la lectura es directa. IAG comparte con Delta la misma pinza de combustible y personal, y su exposición a las rutas transatlánticas la hace igual de sensible al precio del crudo. Aena, la gestora de aeropuertos, y Amadeus, el gigante tecnológico de reservas, viven del mismo ciclo de viajes: si la demanda aguanta, se benefician del tráfico récord; si el encarecimiento del billete empieza a frenar reservas, lo notarán con retraso pero lo notarán.
La valuación récord y una vara imposiblemente alta
Para entender por qué el mercado es tan exigente hay que mirar el número que lo gobierna todo este trimestre: se espera que los beneficios del S&P 500 crezcan un 23,9 % interanual en el segundo trimestre, con un avance de ingresos del 11,7 %. Esa cifra no es un dato menor. A comienzos de abril el consenso apuntaba a un crecimiento cercano al 18 %, y desde entonces los analistas la han ido elevando hasta casi el 24 %. Es decir, no solo se espera un gran trimestre: se espera un trimestre extraordinario, y esa expectativa ya está incorporada en unas cotizaciones que cotizan en máximos. Cuando la vara se coloca tan arriba, el margen para decepcionar es prácticamente nulo. Una empresa puede publicar cifras excelentes y aun así quedarse corta frente a lo que el precio ya descontaba. Eso es lo que le pasó a Delta, y es el riesgo que planea sobre las próximas semanas.
La aritmética es implacable. Si el índice cotiza a múltiplos elevados es porque descuenta ese crecimiento del 23,9 %; si el crecimiento agregado se queda, pongamos, en un 18 % todavía respetable, la reacción del mercado no será de alivio sino de castigo, porque el «respetable» ya estaba en el precio y algo más. Para el inversor que construye su cartera con ETFs sobre el S&P 500 o el MSCI World, muy populares entre los ahorradores españoles vía plan de inversión periódico, el mensaje no es de pánico sino de expectativas. Comprar el índice hoy es comprar la promesa de un crecimiento de beneficios casi del 24 %: si se cumple, la valuación se justifica; si se queda a medias, la corrección puede ser desproporcionada respecto a lo que serían, en cualquier otro contexto, unos resultados perfectamente dignos. La temporada no va de si las empresas ganan dinero, va de si ganan suficiente para sostener el precio que ya pagamos por ellas.
El verdadero examen llega el 14 de julio con la gran banca
Delta es el aperitivo. El plato fuerte se sirve el martes 14 de julio, cuando la gran banca estadounidense publica antes de la apertura: JPMorgan, Bank of America, Citigroup y Wells Fargo el mismo día. Los bancos importan mucho más que una aerolínea a la hora de tomar la temperatura de la economía, porque son cíclicos por naturaleza y su discurso sobre la demanda de crédito y la calidad de esa cartera es una radiografía en tiempo real de hogares y empresas. JPMorgan concentra las miradas: el consenso espera un beneficio de 5,49 dólares por acción sobre unos ingresos de 48.700 millones de dólares, lo que implica un crecimiento del 10,7 % en beneficio y del 8,5 % en ingresos interanual. No es un detalle que las estimaciones se hayan revisado al alza en el último mes y trimestre, un 1,9 % y un 3 % respectivamente: el mercado llega optimista, y el optimismo previo es justo lo que convierte un buen resultado en insuficiente.
Los datos sectoriales acompañan la narrativa positiva. El crecimiento del crédito bancario está en su nivel más alto en tres años, y la actividad de banca de inversión avanza un 10,4 %, señal de que las operaciones corporativas y las salidas a bolsa vuelven a moverse. Todo eso apunta a una economía todavía caliente, algo que en el contexto actual no es necesariamente una buena noticia para las bolsas. Para el inversor español, la analogía es inmediata: los grandes bancos nacionales, Santander, BBVA y CaixaBank, publican sus cuentas a finales de julio, y las claves que emitan JPMorgan y sus pares, márgenes de intereses, provisiones por morosidad, tono sobre la demanda de crédito, marcarán en buena medida las expectativas con las que llegarán los españoles. Un mensaje de deterioro crediticio al otro lado del Atlántico pesaría sobre la banca europea antes incluso de que abra sus propios libros.
Las tres sombras: petróleo, IPC y una Fed de nuevo dura
Sobre toda la temporada planean tres sombras que se refuerzan entre sí. La primera es el petróleo, que ya hemos visto morder los márgenes de Delta. El fin de la tregua con Irán elevó el Brent un 6 %, y ese encarecimiento no solo golpea a las aerolíneas: reinflaciona toda la cadena de precios, desde el transporte hasta la energía industrial. La segunda sombra es precisamente esa inflación, y tiene fecha. El IPC de junio se publica el mismo martes 14 de julio a las 8:30 hora de Nueva York, en paralelo a las cuentas de la banca. La referencia anterior asusta: el IPC de mayo salió caliente, con un +0,5 % mensual y un +4,2 % interanual, el mayor avance a doce meses desde abril de 2023. Si el dato de junio confirma que la inflación repunta, y con el crudo disparado el riesgo es real, el mercado tendrá que digerir al mismo tiempo unos resultados bancarios exigentes y una macro que juega en contra.
La tercera sombra es la Reserva Federal, y es la más incómoda. Bajo la presidencia de Kevin Warsh, cuya primera reunión fue el FOMC de junio, la Fed ha girado de forma tangible hacia el lado duro. Nueve de sus dieciocho miembros contemplan ya una subida de tipos en 2026, el tipo director medio proyectado para final de año se sitúa en el 3,8 %, y las apuestas por un alza en octubre o diciembre han ido ganando peso, mientras que las bajadas que el mercado daba por hechas hace unos meses están, a efectos prácticos, descartadas para este año. El engranaje es peligroso porque se retroalimenta: el petróleo empuja la inflación, la inflación endurece a la Fed, y una Fed dura eleva el coste del dinero justo cuando las bolsas cotizan valuaciones que solo se sostienen con tipos benignos. Los datos de empleo no ayudan a suavizar el discurso: las peticiones semanales de subsidio por desempleo cayeron en 2.000 hasta las 215.000, por debajo de las 223.000 esperadas, confirmando un mercado laboral firme que da munición a los halcones. Como contrapunto, las ventas de vivienda usada sorprendieron a la baja, hasta 4,09 millones frente a los 4,19 millones previstos, un recordatorio de que el tipo alto ya enfría algunos rincones de la economía real.
Qué mirar en la bolsa española y europea
Para el inversor con residencia fiscal en España, conviene aterrizar todo esto en valores concretos. En el frente aéreo, IAG es el reflejo más limpio de la historia de Delta: misma sensibilidad al combustible, misma exposición transatlántica y la misma pregunta abierta sobre si podrá trasladar el mayor coste al precio del billete sin frenar la demanda. Aena, como gestora de la red de aeropuertos, y Amadeus, como proveedor tecnológico del sector, cabalgan el mismo ciclo de viajes y son termómetros útiles: mientras el tráfico de verano aguante, sostienen ingresos; el riesgo llega si el encarecimiento empieza a morder las reservas de otoño. En energía, un crudo más caro favorece a las petroleras europeas y a los valores integrados, un contrapeso natural en una cartera diversificada frente al daño que ese mismo crudo inflige a aerolíneas y transporte.
En banca, además de vigilar Santander, BBVA y CaixaBank de cara a sus resultados de finales de julio, la clave está en leer entre líneas lo que digan los grandes estadounidenses el día 14. Un tono constructivo sobre la demanda de crédito y unas provisiones contenidas serían buenas noticias importadas para la banca doméstica; un mensaje de prudencia sobre la morosidad encendería las alarmas. Y para quien invierte de forma indexada, la vía más habitual entre los ahorradores españoles a través de ETFs y fondos sobre el S&P 500 o el MSCI World, la reflexión es de expectativas más que de acción impulsiva. Un apunte fiscal que no conviene olvidar: en España, las plusvalías y dividendos tributan por la base del ahorro del IRPF, con tipos que van del 19 al 28 % según el tramo. Además, quien compre valores estadounidenses como Delta o JPMorgan directamente debe tener presente el formulario W-8BEN ante el bróker para reducir la retención en origen sobre los dividendos y evitar una doble imposición innecesaria.
Riesgos, matices y el otro lado del argumento
Todo relato de mercado necesita su contraargumento, y este también lo tiene. La tesis bajista, que la vara del 23,9 % es imposible y que el petróleo y la Fed descarrilarán la temporada, es sólida pero no es la única lectura posible. Cabe recordar que las estimaciones de beneficios se rebajan sistemáticamente antes de cada temporada, precisamente para que las empresas puedan superarlas: la propia Delta batió un consenso que ya había sido recortado. Es plenamente posible que el crecimiento agregado del S&P 500 termine incluso por encima del 23,9 % una vez que las compañías reporten, como suele ocurrir cuando el punto de partida está deliberadamente bajo. La demanda de consumo, tanto en viajes como en crédito, sigue siendo fuerte, y un mercado laboral firme, aunque incomode a la Fed, sostiene los ingresos de las empresas y la capacidad de gasto de los hogares.
También el petróleo tiene doble filo. El mismo repunte del crudo que castiga a las aerolíneas beneficia a las petroleras y a los exportadores de energía, de modo que su efecto sobre un índice diversificado es más ambiguo de lo que sugiere el caso Delta. Y la Fed dura, aunque presione las valuaciones, es también un reconocimiento implícito de que la economía está lo bastante fuerte como para resistir tipos más altos, algo muy distinto de una recesión. El riesgo real no es que los beneficios se hundan, sino que sean buenos pero no lo bastante buenos para justificar unos precios que ya descuentan la perfección. Ese es el matiz que separa una corrección sana de un desplome, y los datos disponibles apuntan más a lo primero que a lo segundo, aunque la combinación simultánea de petróleo, IPC y Fed el mismo 14 de julio deja poco margen para el error.
Conclusión: cuando «bueno» ya no es suficiente
La lección que deja la apertura de la temporada es incómoda por su elegancia. Delta hizo casi todo bien, batió estimaciones, creció en ingresos, reafirmó su guía, y aun así perdió un 2,8 % porque el mercado ya esperaba todo eso y algo más. Ese es el examen que afrontarán, una tras otra, las empresas del S&P 500 en las próximas semanas, y que culminará el martes 14 de julio en una tormenta perfecta de calendario: los grandes bancos y el IPC de junio el mismo día, con el crudo disparado por el fin de la tregua iraní y una Fed que, por primera vez en años, discute abiertamente subir tipos. La pregunta que ordena todo el trimestre no es si las empresas ganan dinero, sino si ganan lo suficiente para justificar unas valuaciones récord cuando el petróleo, la inflación y el banco central empujan a la vez en la dirección contraria.
Para el inversor español, la conclusión no es huir del mercado sino ajustar el listón. En un entorno donde ser bueno ya no basta, la diversificación entre sectores que se compensan, aerolíneas y petroleras, banca y consumo, y una lectura fría de las expectativas ya descontadas valen más que reaccionar al titular de cada resultado. Los próximos días dirán si la mayor temporada de beneficios en años consigue sostener los máximos, o si el mercado descubre que había puesto la vara demasiado alta. En BMInsider seguiremos de cerca cada capítulo, empezando por ese 14 de julio que amenaza con condensar en una sola mañana todas las tensiones del trimestre.
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