La mayor salida a bolsa de la historia: por qué SpaceX cotiza esta semana con una valoración de 1,77 billones de dólares

SpaceX-Börsengang an der Nasdaq, größter IPO der Geschichte mit 1,77 Billionen Dollar Bewertung

La mayor salida a bolsa de la historia llega esta semana

Hay salidas a bolsa, y hay acontecimientos que mueven las propias reglas del juego. Lo que SpaceX lleva esta semana al Nasdaq pertenece sin duda a la segunda categoría. La empresa de cohetes y satélites de Elon Musk cotizará por primera vez en un mercado público el jueves 12 de junio, bajo el símbolo SPCX, y lo hace con cifras que convierten cualquier récord anterior en una simple nota al pie. A un precio fijo de 135 dólares por acción y unas 555,6 millones de acciones ofertadas, la compañía captará alrededor de 75.000 millones de dólares de capital fresco. No se trata de una gran salida a bolsa. Es, con diferencia, la mayor que el mundo haya visto jamás.

Para situarlo en contexto: el récord mundial anterior pertenecía al gigante petrolero saudí Saudi Aramco, que en diciembre de 2019 captó unos 25.600 millones de dólares. SpaceX casi triplica esa cifra. También más que triplica la mayor cotización estadounidense hasta la fecha, el debut de Alibaba en 2014. Con una valoración de 1,77 billones de dólares, SpaceX figuraría entre las empresas más valiosas del planeta desde su primer día de cotización, por delante de Tesla, la automovilística que Musk también dirige y que ronda hoy los 1,6 billones. Una compañía que hace dos décadas empezó como una ridiculizada empresa emergente de cohetes valdría, de la noche a la mañana, más que casi cualquier gigante industrial o tecnológico consolidado.

Las cifras desnudas: 135 dólares, 1,77 billones, 75.000 millones

Tras el titular hay una proeza cuidadosamente escenificada. El roadshow, en el que la dirección promociona la acción entre los inversores institucionales, arrancó ya el 4 de junio, antes de lo previsto, porque la Comisión de Bolsa y Valores estadounidense completó su revisión más rápido de lo esperado. La fijación definitiva del precio está prevista tras el cierre del 11 de junio, y el primer día de negociación, para el 12 de junio. En lugar de una horquilla de precios que se perfila durante la construcción del libro de órdenes, SpaceX ha fijado un precio único de 135 dólares, un gesto de inusual confianza destinado a señalar que la demanda ya supera a la oferta.

La magnitud cuesta de asimilar. Una emisión de 75.000 millones de dólares equivale a la facturación anual completa de un gran valor del índice. Una valoración de 1,77 billones catapultaría a SpaceX al grupo de cabeza de las empresas mundiales por capitalización bursátil, codo con codo con las tecnológicas más valiosas del mundo. Para una compañía que aún no ha cerrado un solo ejercicio con beneficios, es una apuesta extraordinaria por el futuro.

Lo que los inversores compran de verdad: Starlink es el motor

Quien suscribe SPCX no compra en primer lugar lanzamientos espectaculares de cohetes, sino un negocio de suscripción en el cielo. El verdadero centro de beneficios del grupo es Starlink, el internet por satélite que hoy lleva banda ancha a los rincones más remotos del planeta. En el ejercicio 2025, Starlink aportó unos 11.400 millones de dólares de facturación, alrededor del 61 por ciento de los ingresos totales del grupo. Y, lo que es más importante, a diferencia del deficitario negocio de lanzamientos, Starlink ya generó un beneficio operativo de unos 4.400 millones de dólares. En febrero de 2026 el servicio superó los cinco millones de abonados y desde entonces avanza hacia los diez millones.

Eso aclara la tesis de inversión más de lo que sugiere la imagen espacial. En esencia, SpaceX es una empresa de telecomunicaciones con un cohete como canal de distribución: como fabrica y lanza sus propios vehículos, puede poner satélites en órbita a un coste marginal que ningún competidor alcanza. Este círculo cerrado de cohete propio, red de satélites propia y negocio de clientes propio es el verdadero foso defensivo de la compañía, y es precisamente ese flujo de ingresos recurrente y previsible lo que, a ojos de sus defensores, justifica la astronómica valoración. La facturación total del grupo escaló hasta 18.700 millones de dólares en 2025, un alza del 33 por ciento frente al año anterior.

Starship: el cohete a la Luna que quema miles de millones

La otra mitad de la historia es Starship, el sistema de lanzamiento superpesado totalmente reutilizable con el que Musk pretende reducir drásticamente el coste de poner masa en órbita y, a largo plazo, transportar carga y tripulación a la Luna y a Marte. Starship es el relato visionario que atrae a muchos inversores hacia la acción y, al mismo tiempo, el mayor agujero del balance. SpaceX ha invertido de forma acumulada más de 15.000 millones de dólares en su desarrollo, y esa partida es la principal razón por la que la compañía registró una pérdida neta de unos 4.900 millones de dólares en 2025. El primer trimestre de 2026 sumó otros 4.300 millones de pérdidas.

Aquí reside la tensión central de la operación: los inversores pagan un precio de primera por una empresa que hoy quema caja, con la expectativa de que Starship se convierta en la próxima máquina de beneficios dentro de unos años. Si la apuesta funciona, SpaceX podría dominar el mercado del transporte pesado a la órbita con la misma contundencia con la que ya domina los lanzamientos comerciales de satélites. Si fracasa o se retrasa años, el capital seguirá fluyendo hacia un proyecto sin retorno seguro, y la elevada valoración quedará sobre hielo fino. Una parte sustancial de los fondos captados en la salida a bolsa irá previsiblemente a parar precisamente a ese desarrollo.

La cuestión Musk: control sin posibilidad de destituirlo

Ninguna inversión en SpaceX puede separarse de la figura de Elon Musk, y la salida a bolsa está diseñada para que siga siendo así. SpaceX debuta con una estructura de acciones de dos clases: acciones A de escaso voto para el público y acciones B de voto reforzado, con diez votos cada una, que permanecen en manos de Musk. Según la compañía, controla el 93,6 por ciento de esas acciones B. Aunque la emisión de nuevos títulos reduce ligeramente su poder de voto desde alrededor del 85 por ciento, este se mantiene cómodamente por encima del 50 por ciento. En román paladino: Musk conserva el control absoluto de la empresa, puede nombrar el consejo a su antojo y resulta prácticamente imposible de destituir.

Para los inversores es un arma de doble filo. Por un lado, la visión de Musk y su acceso a talento, capital y atención política son un motor esencial del éxito de SpaceX. Por otro, una estructura así significa que los accionistas públicos apenas tienen voz. Varios inversores institucionales han expresado abiertamente sus reservas; el fondo de pensiones danés AkademikerPension, por ejemplo, declaró que no invertiría en absoluto por motivos de gobernanza. Comprar SPCX implica confiar no en un consejo ni en una junta de accionistas, sino en una única persona.

¿Está justificado 1,77 billones de dólares? El debate sobre la valoración

Pocas salidas a bolsa dividen tanto las opiniones como esta en lo relativo a la valoración. A unos 1,77 billones de dólares, los inversores pagan alrededor de 110 veces la facturación anual, un múltiplo superior al de Tesla, al de Palantir o al de prácticamente cualquier gran tecnológica cotizada. Múltiplos así solo tienen sentido si se asume un crecimiento extremadamente alto sostenido durante muchos años, y que Starlink y, más adelante, Starship conquisten en solitario mercados nuevos y enormes.

Los escépticos alzan la voz en consecuencia. Los analistas de Morningstar, por ejemplo, mediante un método de flujos de caja descontados, llegan a un valor razonable de apenas unos 780.000 millones de dólares, en torno a un 48 por ciento por debajo del nivel al que las acciones cambiaron de manos por última vez en los mercados privados. Dicho de otro modo: incluso un modelizador benévolo considera que el precio de salida es aproximadamente el doble del valor intrínseco. Los partidarios replican que los modelos clásicos de flujos de caja infravaloran sistemáticamente a una empresa como SpaceX, porque sencillamente no pueden capturar saltos tecnológicos disruptivos ni mercados completamente nuevos, como el transporte punto a punto en la Tierra o la comercialización de la Luna. Ambos bandos podrán pronto poner a prueba sus argumentos en el mercado abierto.

Cómo pueden participar los inversores minoristas en España

El rasgo más llamativo para el inversor de a pie: SpaceX abre su salida a bolsa de forma inusualmente amplia al pequeño ahorrador. Hasta un 30 por ciento de las acciones está reservado a particulares, varias veces el cinco a diez por ciento habitual en la mayoría de las operaciones. En Europa, el acceso discurre entre otras vías por plataformas como Revolut y eToro, y los inversores de España y otros países podrán suscribir a través de sus brokers. Lo importante: cada plataforma impone sus propios límites de adjudicación, y la demanda probablemente desborde con creces el cupo disponible. Quien suscriba debe contar con recibir solo una fracción de los títulos solicitados, o quedarse fuera y tener que comprar ya en el mercado libre a partir del 12 de junio.

En el plano fiscal, para el inversor español rige lo habitual con una acción estadounidense: las ganancias patrimoniales y los eventuales dividendos —que en SpaceX no se esperan de momento— tributan en el IRPF como rentas del ahorro, con tipos que van del 19 por ciento para los primeros tramos hasta el 28 por ciento en los importes más altos. Para los valores estadounidenses conviene presentar al broker el formulario W-8BEN, que reduce la retención en origen estadounidense al tipo reducido del convenio. Además, quien mantenga valores en el extranjero por encima de los umbrales legales debe tenerlos presentes a efectos de las obligaciones informativas, como el modelo D6 ante el Registro de Inversiones y, en su caso, las declaraciones de bienes en el exterior. Quien no consiga adjudicación o recele del riesgo de concentración de una sola acción de crecimiento muy valorada encuentra alternativas para participar en la temática espacial: a través de pesos pesados europeos de defensa y aeroespacial como Airbus —muy implicado en el negocio de satélites— o el español Indra, con su división de espacio y defensa, o de forma más diversificada mediante fondos cotizados que agrupan a toda una serie de proveedores y competidores del sector y reparten así el riesgo.

Los riesgos — y los contraargumentos

Por seductor que sea el relato, la lista de riesgos es larga y merece una lectura serena antes de cualquier suscripción. Primero, la pura valoración: a 110 veces los ingresos, casi cualquier decepción en el crecimiento ya está descontada, de modo que incluso una desaceleración podría golpear con fuerza la cotización. Segundo, la estructura societaria que blinda el control en manos de Musk y priva de influencia a los minoritarios. Tercero, la unidad de inteligencia artificial recientemente integrada en torno a las actividades de xAI de Musk, que los analistas señalan como un coste adicional e incluso como posible fuente de destrucción de valor, con un foso económico indeterminado. Y cuarto, el aleccionador patrón histórico de que las mayores salidas a bolsa rinden por debajo del mercado con más frecuencia de lo normal en los meses posteriores a su debut.

Frente a todo ello pesan contraargumentos serios. SpaceX no es una promesa vaga, sino un actor operativamente dominante: lidera con gran ventaja el mercado mundial de lanzamientos comerciales de cohetes, Starlink crece deprisa y con beneficios, y la facturación acaba de subir un tercio. La fuerte participación minorista podría crear una base accionarial amplia y leal. Y el historial de Musk —del coche eléctrico de masas al cohete reutilizable— hace dudar incluso a los escépticos más curtidos antes de apostar contra él. La respuesta honesta es, por tanto: SPCX no es una acción para viudas y huérfanos, sino una apuesta muy concentrada por una historia de crecimiento singular, visionaria, pero hasta ahora deficitaria. Quien entre debe dimensionar la posición de modo que incluso un retroceso del 30 o el 40 por ciento siga siendo soportable.

Perspectivas: el 11 y el 12 de junio son la prueba de fuego

Los próximos días darán respuesta a la pregunta más apasionante: ¿soportará realmente el mercado una valoración de 1,77 billones de dólares? La fijación definitiva del precio se cierra la tarde del 11 de junio; el 12 de junio pone a prueba la credibilidad inmediata del megaacuerdo en su primer día de cotización. Un salto pronunciado validaría a posteriori el confiado precio fijo de Musk y abriría de par en par la puerta a nuevas cotizaciones tecnológicas multimillonarias. Un arranque débil, en cambio —o un deslizamiento por debajo del precio de salida—, daría la razón a los escépticos y sacudiría toda la euforia en torno a los valores de crecimiento muy valorados.

Para los inversores de todo el mundo, esto es más que un lejano espectáculo de Wall Street. Es una oportunidad poco común de poseer una parte de una de las empresas más ambiciosas de nuestra era, con todos los riesgos que conlleva una compañía de crecimiento muy valorada y controlada por una sola persona. La lección sobria de las grandes salidas a bolsa del pasado es que la historia más apasionante y la mejor acción no siempre coinciden. Quien quiera entrar debe hacerlo con entusiasmo por la visión, pero con disciplina en la cartera. El 12 de junio comienza la fase pública de un experimento que, una vez más, desplaza los límites de lo que se cree posible en bolsa.

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Daniel Herzog
AUTOR

Daniel Herzog

Fundador de Butterfly Market Insider

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