El martes, la Administración General de Aduanas de China publicó las cifras de comercio exterior de agosto y, a primera vista, se leen como una declaración de guerra. Las exportaciones subieron un 25 por ciento hasta 401.400 millones de dólares, el superávit comercial alcanzó 119.100 millones en un solo mes y el acumulado de los ocho primeros meses, 805.500 millones, va camino de superar el récord del año pasado, 1,19 billones de dólares. Los envíos a Estados Unidos crecieron un 34,4 por ciento y el superávit bilateral con América se amplió hasta 29.200 millones, el mayor desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca. Dentro de once días, el 24 de septiembre, Xi Jinping llega a Washington en visita de Estado con una nutrida delegación empresarial. No hace falta ser profeta para adivinar qué cifra estará sobre la mesa.
Será la cifra equivocada. Porque quien lea una línea más abajo en la misma estadística encuentra un dato que da la vuelta al cuadro: el valor de los semiconductores exportados subió un 129,8 por ciento, pero el número de unidades exportadas cayó un 8 por ciento. El valor de los equipos de procesamiento de datos exportados, es decir, servidores y ordenadores, creció un 76,5 por ciento mientras las cantidades retrocedían a doble dígito. China no envió al mundo más chips en agosto que hace un año. Envió menos, y cobró por ellos más del doble. El superávit récord por el que discuten Washington y Bruselas es, en su componente de mayor crecimiento, un fenómeno de precio y no de volumen. Es una etiqueta de precio. Y las etiquetas de precio, ese es el punto de este comentario, no se negocian en cumbres. Cambian solas.
Valor contra volumen: la línea bajo el titular
Para sus principales grupos de productos, la aduana china publica dos series, valor y unidades, y normalmente ambas van en la misma dirección. En agosto de 2026 no lo hicieron. Los circuitos integrados generaron 40.700 millones de dólares de ingresos por exportación frente a unos 17.700 millones en agosto de 2025. Es un aumento de 23.000 millones en un mes, con un recuento de unidades un 8 por ciento inferior al del año anterior. Hecha la cuenta, el ingreso medio por chip exportado se ha multiplicado por unas 2,5 veces en doce meses. Para los ocho primeros meses del año, la agencia comunica exportaciones de chips por 256.800 millones de dólares, un 103,9 por ciento más; en yuanes son 1,77 billones y un 95,4 por ciento, y la diferencia es la apreciación de la moneda frente al dólar.
De dónde sale el salto de precios no es ningún secreto y los lectores de esta columna lo conocen: las memorias, DRAM y NAND, han multiplicado su precio desde principios de 2025 porque los tres grandes fabricantes han desviado su superficie de oblea hacia los aceleradores de los centros de datos. China no es el lugar de esa cadena donde se fabrica la memoria. Es el lugar donde se encapsula, se prueba, se suelda en módulos y se monta en servidores. El lado de las importaciones de la misma estadística lo muestra con precisión: las compras a Corea del Sur subieron un 108,1 por ciento en agosto, las de Taiwán un 41,5 por ciento, las importaciones de equipos de procesamiento de datos un 209 por ciento y las importaciones de chips en ocho meses un 61,7 por ciento. China compra en Seúl y en Hsinchu los componentes que se han encarecido, les añade una capa de trabajo y los revende. El sobreprecio que se genera por el camino se contabiliza a ambos lados de la frontera, una vez como importación y otra como exportación.
El agregado lo confirma. Las exportaciones superaron en 80.300 millones de dólares las del mismo mes del año anterior; las importaciones, en 62.100 millones. El superávit creció por tanto en 18.100 millones, de 101.000 a 119.100 millones. Solo los ingresos por chips aumentaron en 23.000 millones. Dicho de otro modo: todo el incremento del superávit se explica con la subida de precio de un único grupo de productos, y precisamente uno cuyos insumos importa la propia China a precios muy superiores. De los 80.000 millones de exportaciones adicionales, 18.000 se quedaron en el país. El resto es tránsito.
Dónde nace el superávit y dónde no
El desglose regional dice lo mismo. Los envíos a Estados Unidos alcanzaron 42.500 millones de dólares, un 34,4 por ciento más tras el 17 por ciento de julio. Suena a ofensiva exportadora contra los aranceles, pero es sobre todo un efecto base: en agosto de 2025, tras las subidas arancelarias de la primavera, las exportaciones a América se habían desplomado alrededor de un tercio, y ni siquiera después de este salto recuperan el nivel de 2024. La cuota de Estados Unidos en las exportaciones chinas, como señala Capital Economics, se ha estabilizado en torno al 10 por ciento. El verdadero desplazamiento ocurre dentro de Asia: las exportaciones al Sudeste Asiático crecieron un 30,2 por ciento y las destinadas a Corea del Sur y Taiwán más de un 40 por ciento. Son los países de los que China obtiene los chips y a los que devuelve módulos y equipos. El comercio dentro de la cadena de suministro se infla con los precios, en ambas direcciones.
Europa apenas aparece en este cuadro. Las exportaciones a la Unión Europea crecieron un 6,6 por ciento, el dato más débil en diez meses. Las importaciones procedentes de la Unión, un 0,7 por ciento. Ambas cifras importan, por razones distintas. El 6,6 por ciento significa que el mercado europeo no participa en el comercio de la inteligencia artificial, ni como comprador de servidores ni como proveedor de chips. El 0,7 por ciento significa que los exportadores europeos a China no reciben nada de la ola importadora china. China importó en agosto un 28,2 por ciento más que hace un año: un 44,6 por ciento más de Australia, un 20 por ciento más de Japón, un 17,8 por ciento más de Estados Unidos. De Europa, prácticamente nada. Esa es la cifra que Bruselas debería discutir con Pekín, no el superávit.
El exportador de deflación que ya no lo es
Un día después de las cifras comerciales llegó la segunda estadística que pertenece a este cuadro. Los precios de producción chinos subieron un 3,8 por ciento interanual en agosto, tras el 3,5 por ciento de julio y por encima del 3,6 a 3,7 por ciento que esperaban los economistas. Por sí sola es una cifra discreta. En contexto es histórica: de octubre de 2022 a febrero de 2026, los precios de fábrica chinos cayeron todos y cada uno de los meses, el periodo deflacionista más largo en décadas. Solo en marzo de este año el índice pasó a positivo, con un 0,5 por ciento, y desde entonces acelera. La economía que durante tres años abasteció al mundo con bienes cada vez más baratos ahora los suministra más caros.
También aquí conviene mirar bajo el titular, porque el 3,8 por ciento está repartido de forma muy desigual. Los precios de la minería subieron un 17,8 por ciento, los de las materias primas un 6,7 por ciento y los de la transformación un 3,1 por ciento. Los precios de los bienes de consumo, en cambio, siguieron cayendo, un 0,5 por ciento, con los alimentos un 2,3 por ciento abajo y la ropa un 1,2 por ciento. Solo los bienes de consumo duradero, es decir, electrodomésticos, electrónica y muebles, cambiaron de signo: un 1,2 por ciento arriba tras el 0,4 por ciento de julio. Es el primer lugar en que el precio de la memoria asoma en la estadística interna china, porque cada televisor y cada portátil lleva un módulo que se ha encarecido. Lo que China embarca hacia Europa y América es, en gran medida, exactamente esa categoría. El impulso inflacionista que la Reserva Federal responderá previsiblemente el miércoles con una subida de tipos ya no viene solo del petróleo del estrecho de Ormuz; viene también de una cadena de suministro que durante tres años entregó lo contrario.
Lo que dice el propio Pekín
Llama la atención cómo presenta las cifras la parte china. En su comunicado, la aduana no subraya el superávit sino las importaciones: crecieron más deprisa que las exportaciones por sexto mes consecutivo, en yuanes un 21,7 por ciento frente a un 18,6 por ciento en agosto. En ocho meses las importaciones subieron un 22 por ciento y las exportaciones un 14,6 por ciento. No es cosmética; es la otra cara del mismo movimiento de precios. Quien importa los componentes encarecidos declara necesariamente importaciones crecientes. El superávit acumulado de 805.500 millones de dólares está por eso solo unos pocos puntos por encima del mismo periodo del año pasado, aunque el volumen total de comercio haya crecido un 17,6 por ciento. El superávit crece más despacio que el comercio. Es exactamente lo que cabe esperar cuando una ola de precios atraviesa una cadena de suministro con el mismo país en su inicio y en su final.
La economía interna, para la que la exportación se considera el salvavidas, no tiene mejor aspecto. El índice de gestores de compras de la industria se contrajo en agosto por segundo mes consecutivo, los precios al consumo subieron un 0,8 por ciento y los alimentos bajan. El domingo anterior a la publicación, el Gobierno anunció una inyección de unos 54.000 millones de dólares en bancos estatales y aseguradoras. Alicia García-Herrero, de Natixis, lee las importaciones como gasto empresarial en capacidad de cómputo y electrónica, no como una recuperación del consumo de los hogares. Zhiwei Zhang, de Pinpoint, lo resume con más crudeza: China sigue apoyándose en los exportadores para sostener la economía. Wen Bin, del Minsheng Bank, espera que el ciclo inversor impulsado por la inteligencia artificial siga sosteniendo volúmenes y precios en la cadena de semiconductores. Obsérvese el orden: volúmenes y precios. Los volúmenes ya están cayendo.
La cumbre y la cifra equivocada
El calendario político aprieta. En la reunión de ministros de Finanzas del G20 en Asheville, 19 de los 20 miembros acordaron actuar contra los desequilibrios comerciales; China fue el único país que votó en contra, después de que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, calificara el superávit chino de freno al crecimiento mundial. La Unión Europea, que según su propia cuenta acumula cada día unos mil millones de euros de déficit comercial con China, introdujo en julio salvaguardias para su industria siderúrgica, recortó la importación libre de aranceles de pequeños paquetes del comercio electrónico chino y ha fijado para el otoño conversaciones comerciales a nivel ministerial. Y en Washington, a partir del 24 de septiembre, Xi Jinping se sentará frente a un presidente que lee las balanzas comerciales como un marcador.
El problema de esta constelación es que la cifra en discusión será otra dentro de doce meses, se acuerde lo que se acuerde. Si los precios de la memoria se normalizan, y las curvas de precios de contrato apuntan a un aplanamiento desde el tercer trimestre, el valor de las exportaciones chinas de chips, el de sus importaciones de chips y el superávit caerán juntos sin que navegue un solo contenedor menos. Un acuerdo que reduzca el superávit se celebrará entonces como un éxito que nadie se habrá ganado. A la inversa, si la ola de precios persiste, ningún acuerdo la detendrá. Chi Lo, de BNP Paribas Asset Management, describe la situación como un empate estratégico en el que cada parte tiene a la otra como rehén con productos: Estados Unidos con la alta tecnología, China con las tierras raras. Ambos rehenes son cantidades. El superávit es un precio. Se negocia lo uno y se mide lo otro.
Qué significa para el inversor español
La pregunta obvia es quién gana con un auge comercial hecho de precios, y la respuesta es distinta de la que sugiere el reflejo. Quien cuenta contenedores no ve este auge. Los puertos de Valencia y Algeciras, las navieras y los transitarios cobran por volumen, por cajas, palés y toneladas, y las unidades del grupo de productos más valioso están retrocediendo. Un chip que cuesta el doble ocupa el mismo hueco en el barco. Los fletes del Pacífico lo reflejan: no tienen nada que ver con los valores de exportación. Leer las cifras de agosto como una señal de compra para la logística es leer mal la estadística.
España está, además, íntegramente del lado pagador de esta cadena. No hay fabricantes de memoria en el IBEX 35 ni un tejido industrial de semiconductores que capture el sobreprecio; el PERTE Chip, con tres o cuatro años de construcción, llega cuando el ciclo ya habrá girado. Lo que sí hay son importadores. Inditex compra en Asia una parte de la ropa cuyo precio de fábrica chino sigue bajando un 1,2 por ciento, una de las pocas líneas de la estadística que aún juegan a favor de un comprador europeo. Acerinox y la siderurgia española viven de las salvaguardias que Bruselas activó en julio contra un acero chino cuyas exportaciones, esas sí, crecen en toneladas y no en precio. Y el mercado español del automóvil es uno de los destinos de esos vehículos chinos cuyas exportaciones subieron un 43 por ciento, con Chery fabricando ya en Barcelona bajo la marca Ebro y BYD ganando cuota mes a mes. Para las importadoras y distribuidoras de electrónica, desde MediaMarkt hasta las cadenas de telefonía, el módulo de memoria que se ha encarecido acaba en el precio de venta, como escribimos el jueves a propósito del iPhone.
Quien quiera jugar la propia ola de precios tiene que ir a donde nace, a Samsung, SK Hynix y Micron, con todas las advertencias sobre el momento del ciclo que hemos hecho en las últimas semanas, y solo a través de brókeres con acceso a Seúl, Taipéi o Nueva York. Fiscalmente, las plusvalías y dividendos de todos estos valores tributan en la base del ahorro del IRPF entre el 19 y el 30 por ciento; en los títulos coreanos y taiwaneses se añade la retención en origen, cuya recuperación exige más papeleo que el formulario W-8BEN de los valores estadounidenses, y las posiciones en el extranjero por encima de 50.000 euros siguen sujetas al modelo 720.
Riesgos y contraargumentos
La tesis de este comentario, que el superávit es un fenómeno de precio, admite ataques en varios puntos, y conviene conocerlos. Primero: no toda la exportación es semiconductores. Las exportaciones de automóviles subieron un 43 por ciento, las de buques un 21 por ciento, y los bienes intensivos en mano de obra, como los juguetes, se recuperaron en agosto tras caer un 0,6 por ciento en ocho meses. Esos son aumentos de volumen y son reales. Pero no son nuevos: alimentan las quejas comerciales europeas desde hace dos años y no explican el salto del superávit de este verano.
Segundo: el efecto base de las exportaciones a Estados Unidos se agota. A partir de septiembre, China se compara con meses en los que los aranceles ya actuaban, así que las tasas de crecimiento hacia Estados Unidos bajarán, algo que en Washington podría venderse como resultado de la cumbre aunque sea aritmética. Tercero: la ola de precios podría durar más de lo que sugiere la curva de futuros. Si los fabricantes de memoria desplazan aún más su asignación hacia los aceleradores en 2027, los precios de los módulos seguirán altos y el valor exportador chino seguirá inflado. El superávit seguiría siendo una etiqueta de precio, pero una duradera. Cuarto, y es la objeción más seria: la subida de los precios de producción podría ser un cambio de régimen y no un efecto de materias primas. Si la industria china recupera poder de fijación de precios tras tres años de deflación porque el Gobierno reduce de verdad el exceso de capacidad, el país exportará inflación de forma estructural. Los precios de los bienes de consumo, que aún caen, lo desmienten por ahora. El giro de los bienes duraderos lo apoya.
Perspectivas: tres cifras que dicen más que el superávit
La cumbre del 24 de septiembre producirá una cifra, probablemente una prórroga de la tregua comercial del pasado octubre, quizá compromisos de compra de soja, cuyas importaciones cayeron un 1,1 por ciento en agosto, o de aviones. Para el inversor importan más otras tres. La primera es la serie de unidades de la aduana para semiconductores y equipos de procesamiento de datos; la próxima publicación, el 14 de octubre, mostrará si las cantidades siguen cayendo mientras los valores suben. Mientras sea así, el superávit es un precio. La segunda es la línea de bienes de consumo del índice de precios de producción: si sigue en negativo, China continúa siendo un ancla deflacionista para los precios al consumo occidentales, y los bancos centrales combaten con sus subidas de tipos al petróleo y a la memoria, no a Pekín. Si pasa a positivo, la situación de la Fed y del BCE cambia de raíz. La tercera es el 0,7 por ciento, el crecimiento de las importaciones desde Europa. Es la única cifra de esta estadística que una negociación podría cambiar de verdad, y la única que nadie negocia.
Lo que queda es un superávit récord que consiste en buena parte en un movimiento de precios que China ni provocó ni controla, que en Washington y Bruselas se lee como prueba de una ofensiva exportadora que no aparece en las unidades, y que se reducirá por sí solo cuando la memoria cambie de ciclo, justo cuando todos los implicados lo reclamarán como éxito negociador. La deflación que China entregó al mundo ha terminado. El superávit por el que discute el mundo es su último eco: mide lo que el mundo paga por los ladrillos de sus centros de datos, y lo mide en la frontera de un país que se limita a pasarlos de mano en mano.
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